La experiencia contemplativa ha sido, a lo largo de los siglos, una de las manifestaciones
más significativas de la vida cristiana. Es más, representa una de las constantes
más profundas del corazón humano. En todas las culturas y religiones aparecen hombres
y mujeres atraídos por aquello que no pueden percibir con los ojos corporales y
que con audacia se proponen mirar hacia el Invisible. Podéis muy bien intuir lo
que es porque, de un modo misterioso, "yendo como a tientas" (Hch 7,27), todos buscamos
a Dios.
Los monasterios han sido y siguen siendo en el corazón de la Iglesia y del mundo,
un signo elocuente de comunión, un lugar acogedor para quien busca a Dios y las
cosas del espíritu (CV 6).
Sto. Domingo de Guzmán establecía sus "casas de predicación" en la ciudad porque
"la luz es para compartirla". Convencido de la necesidad y del poder de la oración,
confió a las monjas el objetivo de evangelizar desde sus monasterios. Las exhortaba
a una vida santa llevando un estilo de vida distinto al que la gente de aquella
época estaba acostumbrada a ver en la Iglesia, dando así un fuerte testimonio del
seguimiento de Cristo y les enseñaba a hablar a Dios de los hombres para que ellas
pudiesen hablar a los hombres de Dios, las invitaba a ser Luz del mundo y Sal de
la tierra. Que nuestros muros griten palabras, anuncien el Evangelio, que de ellos
salga una luz que brille y que deslumbre: es lo que quería Sto. Domingo al fundar
a sus monjas. No solo rezar, también que nuestros monasterios sean corazones acogedores
de los sufrimientos de aquellos que atraviesan sus puertas.
Actualmente las diez hermanas que formamos la comunidad, en la esperanza de que
poco a poco vayamos siendo Palabra de Dios vivimos diariamente el silencio, el trabajo,
el estudio, la vida en comunidad. Una vida que tiene sentido desde la fe y la plena
confianza en Dios.